Cataluña y los ‘Länder’ alemanes JUAN ANTONIO GARRIDO ARDILA (El Mundo)

También en el juicio por el pseudoreferéndum de independencia de Cataluña que se está celebrando en el Tribunal Supremo ha irrumpido el pasmoso falseamiento de la Historia con que los secesionistas pergeñan sus quimeras. Entre quienes con más arrobado frenesí gustan de adulterarla, para adecuarla a sus monomaniacas ensoñaciones, se cuenta el ex vicepresidente del Govern, Oriol Junqueras, a la sazón licenciado en esa disciplina.

Ante el Alto Tribunal, el dirigente de ERC aseveró con flemático descaro que la obediente renuncia de los independentistas de Baviera a un referéndum de independencia, después de que un alto tribunal de Alemania lo desautorizase, no podía esperarse en Cataluña. Yasí lo argumentó: “Veo incomparables los casos, porque [los independentistas bávaros] no estaban respondiendo al principio democrático interpretado en el sentido de una propuesta mayoritaria significativa en la sociedad y reiterada en el tiempo”, lo cual supone otra malversación de la realidad histórica. Es la “amnesia histórica” -que en 1882 Ernest Renan atribuyó a los incipientes nacionalismos de Europa- convertida en locura histórica.

Se ha refutado reiteradamente, por razones de rango histórico, toda equiparación de las pretensiones secesionistas de Cataluña a las de Escocia. La más reciente de las instrucciones al respecto nos la brinda el historiador e hispanista británico John Elliott en Catalanes y escoceses, donde recuerda que Cataluña fue un conjunto de territorios regidos por los señores feudales llamados castlàns y dominados brevísimamente por el Condado de Barcelona hasta que en 1137 se integraron en Aragón. Escocia fue reino soberano hasta 1707 y es nación en virtud de una historia política y cultural consolidada durante más de 800 años, desde el siglo IX al XVIII. Igualmente ilustrativo resulta el caso de los Länder alemanes, porque es en todo punto inhacedero comparar históricamente Cataluña (u otras regiones españolas) ni a Baviera ni a ningún otro Land.

El Sacro Imperio Romano, autodenominado Nationis Germanicæ y compuesto por unos 300 estados soberanos, entre reinos, principados, ducados y ciudades libres, pervivió desde el siglo IX hasta que Napoleón lo disolviese en 1806. El Imperio reconocía su conciencia identitaria fraguada desde que en el año 9 después de Cristo Hermann repeliese a los romanos, venciéndolos en la batalla del bosque de Teutoburgo, y apelase a la unidad nacional de las tribus germánicas. Durante los más de 1.000 años del Sacro Imperio, los alemanes se las desearon para definir la extensión geográfica y cultural de la entonces abstrusa nación alemana.

Políticamente, el Imperio existía como una maraña de “fragmentos de poder”, según lo ha descrito Neil MacGregor en Germany. Memories of a Nation (mientras que en España la fragmentación acaba con los Austrias). Tómese como ejemplo de ello la inscripción aún conservada en el Ayuntamiento de Hamburgo, a imitación del lema romano: S.P.Q.H. o Senatus Populusque Hamburgensis como proclamación de la soberanía de aquella ciudad-estado. Tan fragmentado política y culturalmente se hallaba el Imperio que, en 1797, Goethe y Schiller escribieron aquellos melancólicos versos: “Deutschland? aber wo liegt es? Ich weiß das Land nicht zu finden” (¿Alemania? Mas, ¿dónde se encuentra Alemania? No sé cómo encontrar ese país). Así las cosas, ante tanta diversidad prevaleció la conciencia de unidad nacional plasmada en la lengua, tal como precisó Thomas Mann en su célebre conferencia Germany and the Germans.

En 1815 se formó la Confederación Alemana. Jonathan Sperber, en The European Revolutions, 1848-1851, ha resaltado las dificultades de la Confederación para asumir una identidad nacional común, debido a la antedicha heterogeneidad cultural. Al propósito de definir la nación alemana, se resolvió dotarla de símbolos y, en 1848, la Confederación adoptó la bandera negra, roja y gualda como enseña;el lema Einigkeit, Recht und Freiheit(Unidad, justicia y libertad) como divisa;y el Deutschlandlied de August Hoffmann como himno nacional. Dos décadas después, con Bismarck, las guerras contra Austria, Dinamarca y Francia configuraron el territorio alemán y, en 1871, Guillermo I de Prusia se coronó emperador del nuevo Imperio. En su discurso adujo su obligación con la Vaterland (patria) de unificar los estados de la Nationis Germanicæ.

Por todo ello, en modo alguno procede equiparar Cataluña ni a Baviera ni a ningún otro Land alemán. Pudiera entenderse que, por fuer de reinos milenarios y soberanos hasta 1871, Baviera, Prusia, Westfalia o Württemberg, entre otros, aspirasen hoy a la independencia, o que Schleswig quisiese reintegrarse en Dinamarca. Pero no se entiende que reclame su independencia ninguna Comunidad Autónoma española en base a diferencias culturales nimias y a soberanías claudicadas hace ya más de cinco siglos.

Razonable es que en Baviera no se celebre referéndum alguno, toda vez que, en aras del principio de Einigkeit, la ley alemana desautoriza la cercenadura territorial de la Vaterland. Pero no cabe en cabeza humana que Carles Puigdemont y Oriol Junqueras se saltasen la Constitución española -de disposiciones análogas a las de la Grundgesetz (el equivalente a una carta magna) en lo concerniente al concepto nación- por mero capricho y aspirando a reinstaurar una entidad extinta nada menos que en 1137.

Atendiendo a la Historia, tan pasmoso como estremecedor parece que, según Junqueras, se produzca una “propuesta [independentista] mayoritaria significativa en la sociedad y reiterada en el tiempo” en Cataluña y no en Baviera, porque a Baviera le sobrarían razones políticas, mientras que Cataluña carece de ellas. Sólo el adoctrinamiento sectario promovido desde las instituciones explica esa “propuesta”.

Cataluña no es Baviera, no sólo porque Baviera fue un reino soberano durante un millar de años, sino, fundamentalmente, porque es una región con gobernantes íntegros y respetuosos de la ley. Oriol Junqueras y los suyos ni respetan la ley ni respetan la Historia.

Juan Antonio Garrido Ardila es filólogo e historiador. Su último libro es Sus nombres son leyenda. Españoles que cambiaron la Historia (Editorial Espasa, 2018).

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