Todo el desgobierno del mundo LLUÍS BASSETS (El País)

El G20 empezó en 2008 para enfrentar la crisis financiera. Entonces sirvió, pero siguió luego como mero foro deliberativo. Cuando sus participantes todavía eran capaces de deliberar: ya es mucho que los poderosos de este mundo deliberaran al menos una vez al año y encontraran puntos de acuerdo en la madeja de la globalización, aunque solo fuera a efectos de inventario. Ahora ni siquiera eso: lejos de lo que nunca fue, sin secretaría ni conclusiones vinculantes, contaba al menos con un comunicado final coherente, cosa que ya no sucederá ahora.

Retrato fijo del desorden y el desgobierno del mundo, habitado por monstruos como Mohamed bin Salman (MBS), el más novato, o Vladimir Putin, el más veterano; liderado por Donald Trump, el más inepto e imprevisible; y presidido por Mauricio Macri, el argentino del paso cambiado: cuando obtuvo el turno anual de la presidencia del G20 el libre comercio al que está apegado era todavía doctrina, mientras que ahora se resquebraja; su país todavía flotaba, mientras que ahora se halla con la moneda por los suelos y bajo perfusión del FMI, que está rescatando su economía con un préstamo de 50.000 millones de dólares.

Una foto fija de la familia desavenida y peleada de los poderosos de este mundo, esto es ahora. Poco que decirse. Mera cortesía. Sonrisas glaciales. Citas canceladas. Sucintas reconvenciones con las que cubrir el expediente de cara a sus opiniones públicas. Evitan incluso tropezar con los menos recomendables: Erdogan con Bin Salman, el saudí de las manos teñidas de sangre, castigado en el rincón; Trump con Putin, y no por Ucrania sino por el fiscal Mueller, para no documentar de nuevo la colusión de Rusia con su campaña electoral.

Es un escaparate de la globalidad agrietada. Con la ironía del temario, libre comercio, inmigración y cambio climático, todo lo que Trump detesta; el trágala de Putin con Crimea, donde ha exhibido fuerza y unilateralidad: por menos se han hecho muchas guerras; y, sobre todo, la doble ignominia de la guerra de Yemen, clasificada ya como catástrofe humanitaria, y la muerte y desaparición de Jamal Khashoggi, todo en el debe de un príncipe irreflexivo y atolondrado hasta el crimen de guerra y el asesinato de Estado.

Desde el rincón, con chanzas y saludos para Putin y bajo serias advertencias de May y de Macron, MBS se sabe vencedor en la gira, al menos para los de casa. Su descaro le refuerza en la disputa con la familia, ante los primos que quieren echarle y ante el padre anciano y enfermo, el rey Salman, el único que podría.

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