Rajoy giró a un artículo 155 blando la misma tarde de declararlo (El Mundo)

La ‘independencia’ de Puigdemont y Junqueras duró cuatro horas y 59 minutos. A las 20.26 horas del 27 de octubre de 2017, Rajoy anunció la disolución del Parlament y se activaba la intervención de la Generalitat, que repasan ahora para EL MUNDO los protagonistas de su gestión.
Se activó caída la noche, en una reunión extraordinaria del Gobierno. Había sido perfilado durante ocho meses por un grupo de cinco altos funcionarios. Su nacimiento no fue fácil. Mariano Rajoy dudó mucho, hasta el último minuto; al final, apretó el botón arropado por Pedro Sánchez y Albert Rivera. La vida del 155 sobre Cataluña duró 218 días; decayó el 2 de junio de 2018 con la toma de posesión de un nuevo Govern independentista en Cataluña. Hoy, un año después, quienes protagonizaron su puesta en marcha coinciden en que utilizarlo fue un «éxito» porque sirvió para recomponer la legalidad quebrada, pero también advierten: «Si el Estado no se mantiene firme, si deja caer los brazos, habrá que volver a aplicarlo y entonces será más duro y más largo».Para quienes vivieron desde dentro el 155, gestionándolo en Cataluña, los dos terrenos en los que se necesita actuar son los medios de comunicación públicos y la Educación. Para quienes lo activaron en Madrid, lo imprescindible es blindar la Hacienda y la Justicia. Unos y otros sospechan que, sin hacer algo más, tarde o temprano habrá que volver a la intervención. «Será más profunda».
Todos los interlocutores recuerdan con angustia la decisión del 27 de octubre de 2017. Después de una votación en urna en el Parlament, nacía la Cataluña independiente de Puigdemont y Junqueras. «Constituimos la República Catalana, como Estado independiente y soberano, de derecho democrático y social», proclamaba Carme Forcadell, presidenta del Parlament, a las 15:27. A las 20:26, Rajoy atajaba: «Informo que he disuelto el Parlamento de Cataluña y el próximo 21 de diciembre se celebrarán elecciones autonómicas».«Sabíamos que lo que íbamos a hacer era muy heavy», recuerda un gestor del 155, que detalla: «Cargarnos de un plumazo el Govern, disolver el Parlament, mandarlos a todos a su casa y hacernos con las riendas. En la UE no había sucedido nunca, ni siquiera la suspensión de la autonomía norirlandesa se parecía». Un miembro del equipo presidencial añade: «Es verdad, había vértigo».
El ex presidente descartó nombrar un ministro para Cataluña en el último momento
Y eso pese a que el paso se dio con todos los blindajes posibles. La necesidad de activar el 155 se empezó a sopesar en Moncloa en marzo de 2017. El trabajo de esos ocho meses antes de su aplicación fue «muy intenso», recuerda el ex secretario de Estado de Administración Territorial, Roberto Bermúdez de Castro, que destaca la labor que realizó «un grupo de abogados del Estado muy jóvenes».

Rajoy sabía de primera mano los propósitos de Puigdemont. «Lo vio tras uno de sus poquísimos encuentros cara a cara. En aquella ocasión el presidente le dijo: ‘Tú sabes que yo no puedo autorizar el referéndum’. Y Puigdemont contestó: ‘Lo sé, pero Cataluña lo celebrará’». Pese a ello, cuenta un miembro de su Gobierno, «siempre albergó la esperanza de que hubiera una marcha atrás». El 9 de junio de 2017 el president dio el paso decisivo y anunció la convocatoria de la consulta soberanista del 1 de octubre. La tormenta de ideas en Moncloa se aceleró.«Rajoy impuso el principio de que cada paso debía sustentarse en la más estricta legalidad, aun a sabiendas de que eso acarrearía reproches y críticas de pasividad, e incluso disgustaría a una parte del PP y del Gobierno que apostaban por actuar sin dilación. Él insistía», explica un secretario de Estado, «en que era imprescindible cargarse de argumentos dentro del país y de cara al exterior».
Tras negociar apoyos en el PSOE y el Senado, optó por una intervención “más suave”
Se intensificaron los contactos con los líderes de la oposición: Sánchez y Rivera. «Fue una etapa agotadora, de informes jurídicos continuos», explica uno de los técnicos que pergeñaron la aplicación del artículo, y que recuerda cómo Rajoy depositó su confianza en Bermúdez de Castro hasta el punto de que «nunca preguntó por la fórmula exacta» que debía ponerse en marcha para activar el artículo. «Santamaría», añade, «era la correa de transmisión». En junio, sin embargo, tras el anuncio de Puigdemont, comenzaron las reuniones con el presidente «todas las semanas». Se identificaron hasta 25 rupturas de la legalidad, lo que suponía contar ya con base más que suficiente para sustentar la intervención.«Sánchez y Rivera», cuenta un ex ministro, «no lo veían claro». Sabían que el problema debía atajarse, pero el 155 les generaba, como a Rajoy, mucha prevención. «Rivera se convenció de la necesidad de activarlo cuando las primeras encuestas empezaron a dar a Ciudadanos un excelente pronóstico en unas hipotéticas elecciones catalanas. Sánchez se rindió a las evidencias tras el discurso del Rey del 3 de octubre», explica.El 6 y el 7 de septiembre el Parlament, en una sesión tormentosa, aprobó la Ley del Referéndum y Puigdemont firmó la convocatoria de la consulta que tendría que celebrarse el 1 de octubre. Apenas 24 horas más tarde, el Tribunal Constitucionalla suspendía por su manifiesta ilegalidad. «Sí, hubo quienes pidieron entonces que se aplicara ya el 155, pero Rajoy se negó», explican en el equipo presidencial. ¿Por qué? Los argumentos de las fuentes consultadas difieren: unos señalan que el presidente consideró gravísimos los acontecimientos aunque creyó que el asunto, en primer lugar, afectaba a los grupos parlamentarios catalanes «y dio margen» para ver cómo se desenvolvían; otros mantienen que el temor a lo desconocido -para entonces el 155 se había mitificado- le paralizó, y a ello contribuyó el que aún no contaba con el apoyo firme de Sánchez. Pese a las prevenciones y el miedo, ordenó que «todo estuviera listo a final de mes». El 1 de octubre llegó y fue un fiasco: hubo urnas, aunque fueran de juguete, colas de votantes y violencia. «El mundo se nos vino encima, las gestiones de la vicepresidenta para cortocircuitar la consulta habían fracasado», recuerda un miembro del gabinete para quien aquel fue el momento decisivo: «Ya era evidente que la intervención no podía esperar pero, aún así, hubo titubeos». La entrada en escena del Rey, con su durísimo mensaje, provocó recelo en Moncloa, pero sirvió para desencallar en buena medida los miedos que atormetaban al presidente. «Trabar un consenso se convirtió en una obsesión. Se hicieron muchos esfuerzos para lograr un acuerdo de país y se cedió, sobre lo previsto por los cinco técnicos, en muchas cosas», añaden las fuentes. Ahí, jugó un papel importante Santamaría como interlocutora con el PSC y con el PSOE, con Miquel Iceta y con Carmen Calvo. En Moncloa se suscitó un encendido debate a cuenta de los términos del requerimiento que debía hacerse a Puigdemont antes de solicitar la autorización del Senado para poner en marcha el temido artículo. La confusión que se generó el 10 de octubre en torno al compromiso de Puigdemont de firmar una declaración unilateral de independencia puso en bandeja la oportunidad.
“Sabíamos que era muy ‘heavy’, había vértigo”, dice un alto cargo de Moncloa de entonces
El requerimiento ofrecía un plazo de unos días al presidente de la Generalitat y muchos en Moncloa acariciaron la esperanza de que Puigdemont en el último minuto frenaría. «Rajoy entre ellos», afirman los consultados. Pero no fue así.La vicepresidenta, en contacto con Iceta, llegó a ofrecer devolver el 155 al cajón si el president de la Generalitat aceptaba convocar elecciones. La mediación socialista, y también la impulsada con el PNV, fracasó.«El plan de Rajoy hasta el final», confirma un miembro del Gobierno, «pasaba por nombrar a un ministro dedicado en exclusiva a gestionar el 155. El nombre que dábamos por hecho era el de José Luis Ayllón».
Rajoy, 20.26h. del 27 de octubre de 2017. «Les informo de que hoy he disuelto el Parlamento de Cataluña y que el próximo 21 de diciembre se celebrarán elecciones autonómicas en esa comunidad». | JAVIER BARBANCHOLa misma mañana del 27 de octubre este plan se mantenía en pie. Aún no estaba claro cuánto debería prolongarse la intervención de la autonomía catalana ni estaba totalmente decidido lo profunda que sería. Sin embargo, por la tarde, tras recibir el visto bueno del Senado y negociar con el PSOE -Carmen Calvo, hoy número dos del Ejecutivo, llevó las riendas-, que «prefería una acción suave», el presidente propuso que el 155 durara lo menos posible. Fue ahí, en el curso del Consejo de Ministros, cuando se acordó la disolución del Parlament y la convocatoria inmediata de elecciones. La idea del ministro delegado para Cataluña, con funciones de president de la Generalitat, decayó. «Para tan poco tiempo no merecía la pena», explican las fuentes. Entonces no se vislumbraba la posibilidad de que el futuro Govern fuera a ser de signo independentista y, además, tardara seis meses en constituirse. La gestión de la intervención en Cataluña recayó en el secretario de Estado Bermúdez de Castro. 36 horas después, acompañado de uno de sus directores generales, emprendía viaje hacia Barcelona. «No lo negaré, estábamos acojonados», recuerda.Sin embargo, las cosas discurrieron con calma. Los enviados se reunieron al día siguiente con dos representantes de la Generalitat en un lugar discreto: eran Víctor Cullel, secretario general del Govern, y Joaquim Nin, secretario general de la Presidencia. Se les dijo: «Tenemos una misión que cumplir y os pedimos colaboración». La obtuvieron. Hasta Elsa Artadi, mano derecha de Puigdemont y a quien las fuentes dibujan como «ambiciosa y autoconvencida de su papel de heredera», siguió «cumpliendo su labor, coordinando todo lo que se trasladaba, certificado, al Consejo de Ministros».«Cataluña era una olla a presión: Mas cerró la tapa, Puigdemont la calentó y el Estado llegó para levantar la válvula». Este es el análisis de quienes gestionaron sobre el terreno el 155. Y añaden: «Quizá se volvió a poner el tapón demasiado pronto; quizá se midió mal». Las fuentes insisten en desmitificar la figura del ex vicepresidente de la Generalitat y borrar la orla bienintencionada que se ha dibujado a su alrededor. Un aura que en cierta medida ha crecido porque, a diferencia de Puigdemont, no huyó y afronta desde prisión las acusaciones de rebelión y malversación.«Junqueras lo movía todo por detrás. Es cierto que se llegó a pensar que era de fiar, pero pronto vimos que era un error. Él y su número dos manejaban todos los hilos». La inmersión en la realidad catalana reveló a los enviados por Madrid el perfil de muchos de los actores y les descubrió que «había también gente magnífica». La conclusión de los consultados es: «Ni con Junqueras, ni con Turull, Rull y Romeva se podía hacer nada». Distinta es la impresión que guardan de Marta Pascal, ahora orillada por su propio partido, o del actual vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonès.Un año después, los gestores de la intervención se muestran satisfechos de su trabajo, a veces sintiéndose muy solos -apenas un par de ministros, Rafael Catalá y Álvaro Nadal acudieron a Cataluña y se vieron con ellos- durante los 200 días que duró la aplicación del artículo. Ahora, al margen de la política, miran al futuro con preocupación: «Casado y Sánchez se equivocan: uno al decir que activaría ya y a las bravas el 155; el otro por tender continuamente la mano que le morderán».Desde las filas del Ejecutivo de Rajoy concluyen que los efectos del 155 han sido notables si se parte del principio de que «no se planteó como la panacea para solucionar definitivamente el problema catalán». Sus resultados, dicen, están a la vista: «El independentismo, dividido; sus líderes, en manos de la Justicia o huidos y enfrentados entre sí; los nuevos dirigentes, cuidándose de cometer ilegalidades y, por encima de todo, ya no se habla de independencia sino sólo de presos».El conflicto catalán persiste pero sus perfiles, añaden, han cambiado: «Ahora es más político y social y menos jurídico». En este capítulo negro, apuntan las fuentes, se ha demostrado que «el Estado es mucho Estado», pero no basta quedarse ahí, «hay que seguir tomándoselo en serio».
Los negociadores de una medida sin precedente
Soraya Sáenz de Santamaría.
La ex vicepresidenta fue encargada por Rajoy de gestionar desde Moncloa la escalada independentista tanto antes como durante la aplicación del artículo 155.
Carmen Calvo.
La actual vicepresidenta fue la negociadora principal por parte del PSOE de la crisis del 155, apoyando a Rajoy en su aplicación siempre que desembocara en elecciones autonómicas.
José Manuel Villegas.
El secretario general de Ciudadanos no fue el único dirigente que intervino por parte de la formación naranja en la negociación del 155, pero sí quien llevó la voz cantante.
José Luis Ayllón.
El ‘fontanero en jefe’ y jefe de gabinete de Soraya era el designado como futuro ministro para Cataluña en el supuesto de que el 155 hubiera tenido una vigencia más extensa.
Roberto Bermúdez de Castro.
El secretario de Estado para las Administraciones Territoriales, hombre de Soraya, fue ‘transterrado’ a Barcelona para pilotar desde allí la aplicación del 155.
Víctor Culell.
Pasó de secretario del Govern de Puigdemont y del Consejo Asesor para la Transición Nacional a colaborar con obediencia en la aplicación del 155 en la Administración catalana.
Joaquim Nin.
Secretario de Presidencia con Puigdemont, colaboró lealmente con la aplicación del 155, y fue relevado en julio pasado por Elsa Artadi, con el pretexto de buscar mayor paridad.

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