La soledad de Alicia LUCÍA MÉNDEZ (El Mundo)

Alicia no era pobre. Cada día me cruzo en la ciudad con mujeres como ella. Elegantes, bien vestidas y maquilladas como las presentadoras de la tele. Mujeres que ni de lejos aparentan los 65 años que les han caído encima. Mujeres que para ir a merendar a la cafetería de la esquina se ponen de punta en blanco y se pintan los labios. Muy importante el detalle de los labios. Mi madre, que sobrevivió a tantas necesidades, no perdonaba el lápiz de labios. Alicia era como esas mujeres distinguidas, que pasean por el Retiro con sus tacones y todo. Mujeres que no perdonan una visita semanal a la peluquería. Aunque llueva.Nadie podría imaginar que esa señora tan elegante que se sube al autobús, con el bolso de marca, zapatos brillantes, abrigo de lana buena y vestido de estampa refinada no paga el alquiler de casa porque la crisis se ha llevado su vida por delante. Alicia no era de las personas que entran en la Iglesia de San Antón, donde el padre Ángel acoge a la miseria contemporánea las 24 horas. Y eso que vivía muy cerca de esa Iglesia, en un barrio bien de Madrid. Ella sólo hubiera cruzado el umbral de San Antón para dar limosna. O para rezar por los pobres. Alicia no computaba en los informes y estadísticas de personas en riesgo de exclusión social, o en situación de vulnerabilidad, eufemisnos que se usan ahora para definir lo que antiguamente era la pobreza monda y lironda.

No. Alicia no era de esas personas desgraciadas a las que echan de casa -si la PAH no lo impide- en barrios desconchados. Alicia tenía toda la pinta de llevar una buena vida. Aunque había recibido los correspondientes avisos judiciales, ni se le pasó por la cabeza pedir ayuda a los esforzados activistas anti desahucios.Alicia era una por fuera y otra por dentro. Una fuera de casa y otra dentro de casa. Como tantas. Una mujer sola. Una de los más de cuatro millones y medio de españoles y españolas que, cuando cierran la puerta de casa, no tienen con quién hablar, ni con quién comer, ni con quién cenar. La soledad es una enfermedad de la época. Las personas que la padecen llaman a la radio de la mesilla algunas madrugadas. Para llorar de soledad en antena. Quién sabe si Alicia llamó a la radio alguna vez con su voz elegante para que nadie notara su interior vacío y la mordedura del desamparo en la boca del estómago. La vida de Alicia no era como parecía. Y cuando la realidad llamó a la puerta para dejarla en la calle -en la calle no, por Dios-, se desterró de sí misma. Ya no tuvo fuerza para volver a pintarse los labios delante del espejo.

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