El capitán Acab entre rejas INTERNOS LUCÍA MÉNDEZ (ELMUNDO)

Enero, 2003. “Rodrigo Rato acaba de volver a ver en familia una película grandiosa y trágica. Cuenta la historia del capitan Acab, el mejor ballenero del mundo atormentado por la oscura obsesión de cazar a la ballena blanca. Sin poder escapar a su destino, el capitán conduce a la muerte a la tripulación del barco y a sí mismo. A través del hielo y las tormentas, Acab persigue al monstruo sin descanso para clavarle un arpón. ‘Esa orca de nieve será mía o moriré en el intento’, dice a sus hombres cuando flaquean. En la escena final, hombre y monstruo se encuentran cara a cara y el capitán muere desangrado a lomos de esa cosa fantasmagórica, hermosa, grandiosa y monstruosa”. Este texto fue publicado en EL MUNDO, cuando Rodrigo Rato nos confesó, primero a José Antonio Zarzalejos -entonces director de Abc- y después a mí misma, que viendo esta película pensó que la Presidencia del Gobierno -que entonces él perseguía sin descanso- era como Moby Dick. “La leche -me dijo por teléfono-, un monstruo que lleva tu vida para otro lado, que te marca para siempre”. Llegó el día de la sucesión y la ballena blanca del dedo de Aznar desangró a Rodrigo Rato.Desde entonces, su orgullo nunca levantó cabeza. El capitan Acab no se conformó y siguió persiguiendo monstruos. Dinero y cargos como sucedáneos de La Moncloa que le birlaron cuando creía tenerla a tiro de arpón. El FMI no fue más que una potente dosis de metadona para calmar su síndrome de abstinencia. La ballena blanca de Bankia desangró al ballenero más famoso del mundo por segunda vez, definitivamente, sin salvación posible.

Carcomido por la avaricia, el fraude, el engaño y las mentiras, la cárcel le estaba esperando como la tercera orca de nieve mortal. Las puertas de Soto del Real cerrándose para tragar a Rato es una escena parecida al trágico final de Moby Dick. Empresarios, políticos de derechas y de izquierdas, banqueros y periodistas -que en otro tiempo comieron en su mano- han visto esas imágenes frotándose los ojos. Rato, despojado de su manto de soberbia y de sus escoltas, caminando hacia la celda con dos hatillos de mansedumbre. Lejos e increíbles quedan los tiempos en los que se abrían las aguas a su paso. Casi el país entero cayó fascinado ante lo que era una mentira. Más allá del sonido de las rejas, ha impactado escuchar de su boca la palabra perdón al borde mismo del penal. Este capitan Acab no pidió perdón jamás, por nada ni a nadie, en su larga travesía hacia la celda del destino. Quizá el infortunio haya obrado el milagro de enseñarle humildad

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